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Incio / Crisis Económica / Primera Parte

Primera Parte: Nuestra visión general — el bien común
"Que entre ustedes el amor fraterno sea verdadero cariño, y adelántense al otro en respeto mutuo… Tengan esperanza y sean alegres. Sean pacientes en las pruebas y oren sin cesar". (Romanos 12:10-12)
En última instancia, la economía no se trata sólo de dinero; se trata de la gente — de nosotros — prójimos y seres humanos hechos a imagen y semejanza de Dios. Nuestro bienestar espiritual y nuestra dignidad humana no dependen de las fluctuaciones del mercado de valores. No importa lo que le suceda a la industria o a las grandes empresas, le pertenecemos a Dios y tenemos derechos al igual que responsabilidades los unos a los otros. Cuando nos sentimos ansiosos sobre lo que no podemos controlar, es cuando más necesitamos meditar sobre la inversión de Dios en nosotros, y Su deseo de que vivamos como Su familia, apoyándonos los unos a los otros.
Dios nos hizo criaturas sociales. Crecemos y prosperamos en las relaciones y al encontrarnos en familias y en comunidades de fe y de servicio. Ninguno de nosotros puede vivir por mucho tiempo por nosotros mismos. Ansiamos el apoyo amoroso, y el desafío, de estar con los demás y para los demás. Cada uno de nosotros tiene algo que dar, y cada uno de nosotros tiene alguna necesidad de recibir. Estamos en la mejor condición cuando somos parte de un flujo saludable de dar y recibir en las relaciones respetuosas.
Cada aspecto de nuestra cultura occidental nos ha entrenado a pensar y actuar de modo competitivo. Con frecuencia hablamos de “ganadores y perdedores”. Por error estas dinámicas pueden de repente ser transferidas a mayores inquietudes económicas. Como las Escrituras del Adviento, nos recuerdan que, en vez de ceder a la división, cada día debemos renovar nuestro compromiso para el bien común recordando que somos en verdad hermanos y hermanas, hijos e hijas de un mismo Dios y Padre. Como nos lo demuestra el nacimiento del Hijo de Dios entre nosotros, estamos llamados a vivir unidos en solidaridad.
Cuando el Papa Juan Pablo II visitó la Arquidiócesis en 1987, habló con elocuencia y poesía sobre la virtud de la solidaridad, de la cual el pueblo polaco dio testimonio especial durante las horas más tenebrosas del comunismo. Explicó que la palabra “solidaridad” surgió de las orillas de los astilleros, a lo largo del Mar Báltico, y se convirtió en parte de nuestro vocabulario universal, como una palabra y una virtud que “como una amplia ola, cubre el rostro del mundo entero, que se da cuenta de que no podemos vivir según el principio de ‘todos contra todos’, pero solamente de acuerdo con otro principio, ‘todos con todos’, ‘todos para todos.’ La solidaridad debe tener prioridad sobre el conflicto”.
Para reflexionar en la oración:
- Cuando tomo decisiones sobre los asuntos económicos que me afectan y afectan a mi familia y mis compañeros de trabajo, ¿en qué formas tomo en consideración el mayor bien común?
- ¿Me acerco a las personas y a las situaciones de manera competitiva o colaborativa?
- ¿Hasta qué grado estoy dispuesto a sacrificar mi propia conveniencia o mis propios deseos de regalos navideños, con el fin de que pueda ofrecer mi tiempo o mi talento a los demás?
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