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Parte Tres: La Corresponsabilidad Eucarística
"Dios dispone todas las cosas para bien de los que lo aman". (Romanos 8:28)
Somos corresponsales de dones y bendiciones que no nos pertenecen. En nuestras vidas, todo es un regalo de Dios. En su carta pastoral de 2002 sobre la administración de los dones, los obispos de los EEUU nos recuerdan que “…como servidores cristianos, recibimos agradecidos los dones de Dios, los cultivamos responsablemente, los compartimos amorosamente en justicia con otros y los devolvemos con intereses al Señor”.
La Arquidiócesis, junto con nuestras parroquias y escuelas, agencias e instituciones, procura ser una administradora responsable, y ejerce suma cautela y prudencia a la hora de tomar decisiones sobre la utilización de los recursos que se nos ha confiado. Como líderes de la Iglesia, estamos llamados a ser mucho más que prácticos o económicos. Sabemos que una buena administración también es un acto de fe, un acto de testimonio y agradecimiento al Creador, un acto de solidaridad hacia nuestros hermanos y hermanas.
Como cristianos católicos, celebramos nuestra corresponsabilidad al reunirnos para la Sagrada Eucaristía. Devolvemos a nuestro Padre celestial todo lo que Él nos dio primero. Cuando ofrecemos el pan y el vino, ofrecemos nuestro trabajo diario, nuestras alegrías y nuestros dolores. A cambio, el Señor acepta lo que le ofrecemos y nos transforma, consagrándolo a Su Cuerpo y Sangre. Luego los devuelve como alimento para nuestro cuerpo y espíritu, confiando de que, a cambio, nosotros guardaremos el ciclo al compartir nuestros recursos con nuestras hermanas y hermanos.
Nuestra comunión con el Señor necesita la comunión de los unos con los otros. La comunión sólo puede ocurrir cuando primero exista algún sacrificio, una decisión que nos permita a nosotros mismos hacernos humildes. En la Sagrada Eucaristía, entramos en el sacrificio de Cristo y reconocemos que todo lo que somos y todo lo que tenemos es un compartir en Su amor redentor y transformador.
Para poder celebrar y apreciar completamente el gran potencial de la Sagrada Eucaristía, necesitamos pensar en este sacramento como un verdadero compartir de regalos, preguntándonos qué es lo que le traemos al Señor y qué necesitamos recibir de Él. Nuestro sagrado intercambio de regalos no es sólo de cosas materiales sino, primero y principalmente acerca de compasión y misericordia, un compartir de las cosas del Espíritu. Si en realidad entendemos lo que hacemos en la Sagrada Eucaristía, nos esforzaremos por poner en práctica este misterio en la manera como vivimos en nuestras familias, y en la manera como nos comportamos en el mercado.
Para reflexionar en la oración:
- ¿Qué regalo deseo ofrecerle al Señor en esta Navidad?
- ¿Qué regalo recibo de Él?
- ¿Qué regalo recibo de los demás?
- ¿Cómo puedo poner la Eucaristía en acción al ser más generoso con otros necesitados, o al estar dispuesto a admitir con humildad mi propia vulnerabilidad y dependencia en mi necesidad de recibir?
- ¿Creo en el poder de la oración y que la oración es, de muchas maneras, nuestro mejor recurso?
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